El Tiempo en la Red (VI)

Uno de los notorios negocios en la Red son las subastas. Tradicionalmente, han existido dos tipos: las subastas directas y las subastas inversas. Las subastas directas se corresponden con las tradicionales del mundo real, dirigidas de proveedor a cliente. En las subastas inversas, es el cliente o consumidor quien solicita un producto y marca el precio por el que estaría dispuesto a cerrar la operación.

En las subastas inversas, el momento de la puja no es decisivo, puesto que la fijación del precio no suele verse alterada por tramos de pujas a la baja, se rige únicamente por el precio final, siendo indiferente el momento en el que se produce la aceptación de la oferta.

En las subastas directas, normalmente suelen establecerse tramos que marcan la cuantía mínima de la siguiente puja, por lo que el momento en el que ésta se produce es de una importancia decisiva.

Un ejemplo nos aclarará mejor lo que queremos explicar. Imaginemos la subasta de una obra de arte cuyo precio de salida es de 100, pudiéndose pujar de 10 en 10 hasta los 200 y, desde esta cifra, de 20 en 20. El precio último de oferta se halla en 190 y dos oferentes pujan casi simultáneamente. En el mundo real, existe una persona que indica, sin posibilidad de recurso, cuál de los dos oferentes realizó la primera puja, esto es desde 190 a 200, pudiendo entonces el segundo de ellos decidir si puja hasta 220 o no lo hace.

En estos supuestos, el momento de emisión del consentimiento (oferta de compra al alza), es trascendental. Puede interesarnos un objeto por 200, pero no por 220. Si hubiéramos sido los primeros en ofertar 200, con gran probabilidad el segundo de los oferentes no realizaría su puja.

En Internet es factible modificar los tiempos de recepción de pujas. Simplemente basta programar un ordenador para que las ofertas recibidas de una IP concreta sean ralentizadas, pudiendo así beneficiar a los oferentes amigos frente a los desconocidos.

Es por ello que, frente a esta indeterminación temporal vigente en la Red, se necesita una mayor transparencia informativa en favor del consumidor que la obrante en el mundo real. La responsabilidad de dicha publicidad debe recaer sobre los agentes intervinientes en los procesos económicos de la "nueva" economía.