Ni se le ocurra solicitarme copia digital de mi DNI o pasaporte

Una malísima costumbre que se va imponiendo es la de solicitar copia digital de un documento de identidad para así pagar unos honorarios o proceder a algún trámite. E incluso dicha copia se solicita por correo electrónico. Para la próxima vez que alguien le pida tal copia, recuerde usted la siguiente anécdota.

Hace al menos diez años, en un día de guardia del turno de oficio, me llamaron para asistir a la declaración de un detenido en calidad de letrado defensor. Cuando llegué, mi intervención consistía en asistir a su declaración ante un capitán de la Guardia Civil que interrogaba al detenido, mi entonces defendido:

- Pero vamos a ver, Pepe, ¿dónde has escondido el dinero?

- Sí, hombre, Paco, a ti te lo voy a contar.

- Mira que es mejor para ti, que si devuelves lo estafado es arrepentimiento del delito y cumplirás menos cárcel.

- Que no, que ese es el dinero de mi jubilación. Estaré cuatro o cinco años en la cárcel pero cuando salga ya tendré para vivir cómodamente el resto de mi vida. En la cárcel la protección me costará un par de millones pero luego viviré de miedo, mejor que tú.

Se trataba todavía de la época de la peseta y el importe de la estafa era de unos 400 millones. El detenido regentaba una gestoría y había puesto un anuncio en los periódicos ofertando empleo femenino. Para ser candidato al empleo solicitaba que se le enviara un currículum y la fotocopia del documento nacional de identidad. De las fotocopias de los documentos de identidad recibidos seleccionaba aquellos cuya fotografía tenía semejanza con una cómplice, con la que ejecutaba la siguiente fase del plan.

El detenido contrataba en su propia gestoría a la candidata que había solicitado el empleo, dándole de alta en la Seguridad Social, todo ello sin conocimiento de dicha persona. El contrato que el detenido le hacía era de alta dirección y el importe del sueldo anual rondaba los 15 millones de pesetas.

Una vez dada de alta, el detenido y su cómplice acudían a un concesionario de automóviles de gama alta con los papeles de la nómina, el alta en la Seguridad Social y la fotocopia del DNI. Allí compraban un vehículo por un importe de unos 10 millones de pesetas que pagarían mediante un crédito que la financiera del concesionario les ofrecía. El contrato de préstamo lo hacía la financiera en favor de la persona que la cómplice fingía ser, esto es, a nombre de quien de buena fe habiendo sido candidata a un puesto de trabajo, envió el currículum y la fotocopia del DNI. A los 15 días de la compra, el detenido y su cómplice vendían el automóvil con un importante descuento con la excusa de que procedía de flota de empresa. Dado el descuento, la venta se realizaba rápidamente y el dinero que cobraban lo escondían.

Los delincuentes repitieron este sistema con diversos titulares de fotocopias de DNI hasta hacerse con unos 400 millones de pesetas, suma que llevaban obtenida cuando se les detuvo.

Así que una persona, por el solo hecho de enviar una fotocopia de su DNI por correo ordinario, se encontraba sin saberlo empleada en una gestoría, dada de alta en la Seguridad Social, compradora y vendedora de un vehículo de alta gama y prestataria de una financiera. Obviamente, presumo que al impago de la primera de las cuotas la entidad prestamista interpondría un litigio contra quien le constaba había recibido el dinero, que era la persona de la fotocopia del DNI.

En los últimos dos años me han solicitado en varias ocasiones (demasiadas ya) copia digital de mi DNI y de mi pasaporte para tramitar mis honorarios de conferencias o mesas redondas. Se ha tratado tanto de entidades públicas como privadas. La petición de la copia digital se argumenta siempre de contrario en que en la empresa o institución «tienen esas normas» y que «es el procedimiento que tienen para garantizar el pago». Mi respuesta es siempre la misma: en mi página web ya advierto que no entrego copia de mi DNI ni de mi pasaporte ya que esta petición no tiene fundamento legal alguno y que supone la petición de documentos personales que no estoy dispuesto a entregar. Puedo comunicarles los datos que figuran en mis documentos y luego enseñarles los documentos reales para que los lean y comprueben que los datos comunicados son verdaderos, pero les hago saber que bajo ningún concepto haré entrega de copia digital de mis documentos. Por último, declino dar la conferencia si entregar una copia digital de mis documentación de identidad es un requisito esencial para mi intervención en las jornadas que se trate.

En resumen, se han implantado las malsanas costumbres tanto de encontrar normal que alguien pida unos datos protegidos por derechos fundamentales como de entregarlos sin fundamento legal alguno y sólo con base en unos pésimos hábitos. Y tampoco se piensa en que enviarlos por correo electrónico hace partícipes a una serie de intermediarios de un archivo que, en verdad, no podemos controlar qué se hace con él, cómo se conserva, quién accede al mismo, a quién se reenvía, etcétera.

En el asunto de mi defendido, un abogado privado me pidió la venia por lo que dejé de asistir al rocambolesco detenido y no pude enterarme de cómo él y su cómplice habían logrado convencer a tanta gente con meras fotocopias de documentos de identidad.

Lo que sí averigüé fue la razón de la familiaridad entre el capitán de la Guardia Civil y el detenido, que se tuteaban y llamaban por sus nombres Pepe y Paco. Se lo pregunté al oficial de la Guardia Civil cuando ya devolvieron al calabozo al declarante. Me respondió:

- ¡Uy! Nos conocemos desde siempre. Eramos compañeros de pupitre en la escuela, lo que pasa es que Pepe se nos ha torcido.